jueves, 22 de mayo de 2008

Puerto de sueños


El amor es un hermoso navío;
cuando está anclado a puerto


Grabé tu rostro sobre mi almohada,
y en aquella lejana playa
que nunca albergó nuestros pasos
dibujé tu cuerpo con temblorosas manos.


Por los caminos de los viejos y nuevos olivares,
mientras tú te colgabas de mi brazo,
cogía las aceitunas que depositaba en tus níveas manos,
aquellas que recorrían mi cuerpo con ternura.
Noches de noches sentados en una banca o al pie de la laguna,
explicándote que esas figuras de colores eran peces carpa,
mientras tú temías que los grandes se fueran a engullir a los pequeños.
Noches de largas caminatas y café helado.
Con cada aceituna arrebatada a los jóvenes y viejos olivos,
cuidando que no me viera algún municipal o el serenagzo,
aquella especie que mi espíritu asocia con una nueva Gestapo,
fue creciendo el amor.
Nuestros pasos siempre recorrerán
aquel bosque de olivares y peces de colores
y entre ofertas de chicles, galletas y cigarros
aun sonarán nuestros besos, nuestros pasos.


Puedo jurar que estábamos solos frente al mar,
y aquella playa era nuestra,
como nuestro era el tiempo, el amor y el silencio,
que José, Marlene, la blue con su caña de pescar y los chinos,
eran ilusiones creadas por nosotros para compartir nuestro amor.
Puedo jurar que nunca existió la camioneta,
que los jugadores de fútbol en la playa,
eran una ilusión creada por el viento y la arena,
que el sonido de las olas era sólo una sensación
creada por nuestros besos.
No existía el puerto, el mar, el horizonte
Juro que éramos sólo tú y yo;
y que era nuestro amor el que creaba todo


Se sumerge e
l Sol entre destellos de oro y sangre 
mientras el mar borra toda huella en la arena.
A este puerto, hermoso e imaginario,
vuelvo para encontrarme con tu mirada,
con tus labios que ya no beben en los míos,
y solo encuentro la arena que albergó
tus pasos y el desdeñoso mar azul.
Extrañaré las puestas de sol,
los besos que no te di, el viento que rozó tu piel
y que, inmisericorde, me trae tu perfume de mujer
y tu olor de hembra al filo del ocaso.


Estaba frente al mar y tú frente a mí,
era dueño del sol y todo el horizonte,
salvo aquella parte que tu cuerpo me ocultaba.
Un día sin un adiós o hasta pronto,
te llevaste el mar, el sol, el horizonte
y mis sueños quedaron tendidos
al Sol de los recuerdos.
Hoy vuelvo a sentarme frente al mar
no hay nada ni nadie frente a mí
otro es el Sol, otro el horizonte,
tampoco yo soy el mismo.
Junto a la playa las gaviotas revolotean
sobre los botes de aquellos viejos pescadores
que nos entretenían con sus viejas historias de mar,
y la arena en la cual tantas veces dejaste la huella de tus pasos.
Me empeñé en seguir tus huellas,
me extravié entre tus aromas y sudores,
y me quedé con la sombra de tu cuerpo.


Era junio, los últimos días del otoño,
ella partió con las últimas hojas
y el invierno se instaló en mis días.
Volvió en primavera,
su amor era un Sol distante y frío
y de su cuerpo solo brotaban hojas muertas.


La causa del adiós no está en los restos del naufragio
se extraviaron las palabras, los hijos que soñamos juntos,
las puestas de sol que nunca veremos y que imaginábamos
en ese breve espacio que compartían nuestros cuerpos.
Hoy el mar te trae otros sonidos tú y yo sólo un recuerdo

La tierra del sol


Perdí tu amor, cuando más te amaba,
y me perdí con él.


Tierra poblada de gigantes de raíces sedentarias,
que me ofrecieron sus frutos y su sombra.
Tierra donde forjé sueños
que quedaron a la sombra de tus árboles.
Sol y arena, que abrazan la piel y los sentidos.


El recuerdo me llevó a esa tierra de arena y algarrobos,
de gente cálida y verano sofocante,
en la cual dejé un ángel y mi llanto,
y me traje el dejo y la tristeza.
Amo la tierra del sol y los vientos de las cinco de la tarde
que, más que refrescarme, me envolvían
con el polvo que levantaban por la extensa avenida
poblada de viejos, hermosos algarrobos.
Cómo no amar la tierra en la cual enterré el amor
y la pequeña infancia,
donde recibí la solidaridad de los de siempre,
en esos momentos, ya lejanos, de dolor.
Nunca la noche fue más oscura,
más dolidas las calles ni más triste la tristeza,
mientras cruzaba de Castilla a Piura
a través del Sánchez Cerro.
“No puede verla, consiga estas inyecciones”
me dijo la enfermera, con esa voz de quien se siente
dueña de la angustia y el pesar de los dolientes.
Cerradas las farmacias, cerrada la noche
y el dolor abriéndose paso entre nosotros.
Un... Dios lo ha querido, pretendía ser el bálsamo
para la temprana ausencia.
Pero... qué saben los dioses del dolor y la partida,
qué del llanto y los ausentes, qué de nosotros los mortales?


Andando por la Grau, camino al San Teodoro,
dejando a mi espalda “la urba”,
la pequeña Italia, como a ella le gustaba llamarla,
pisaba la sombra de aquellos gigantes
sembrados a lo largo de la avenida.
A pie hasta el centro, el bolsillo está seco como el clima.
¿Qué le diré al llegar?
“¿qué haces cuando vas?” me preguntó una vez, Lilita.
Nada, le respondí, sólo hablarle.
Y así, día a día, siempre transeúnte,
emprendía el mismo camino esperando que nunca se fuera.


He partido, es octubre, un poco o bastante,
depende cómo lo miremos, después de lo acordado.
Recuerdo tu rostro, a través de la ventana
del ómnibus que me regresaba a esta Lima gris y húmeda,
y esas lágrimas que asomaban a tus ojos,
me recuerdo tratando de ser duro, indiferente.
He partido físicamente, pues yo partí cuando
la estrella del amanecer dejó de asomar
en nuestras vidas.
Sólo tiempo después supe que fue una estrella fugaz,
y que nunca más volverían a asomar
su pálido rostro y su oscura cabellera.
Es su ausencia y la tuya la que marcaron estos trece años,
y aún me pregunto ¿A dónde fue tanto amor?


Es cierto que vagué por caminos
de desesperación y escepticismo,
que naufragué de brazo en brazo
y encallé en muchos cuerpos;
preso del dolor, buscando olvidos.
Hoy, sé que eres el fantasma
que perseguí en otros brazos,
que los otros cuerpos
fueron sombras de tu cuerpo,
y que tu ausencia marcó estos años.
Sé lo mucho que te amé y sé que es tarde
Para soñar con esas puestas de sol, para soñar contigo.

Tiempo de rosas


¿Cuándo será tiempo de rosas?
Yotambién me pregunto, ¿cuándo?


Nací una tarde de primavera; sin dios, sin estrella.
Un día largo, doloroso,
donde se confundieron las risas y mi llanto.
Fruto de amor y deseo; sólo semilla.
Hijo del dolor.
Aún con ortigas, mis frutos no puedo cosecharlos,
me duele el no poder, el ser tan débil,
el no poder tenderles una mano,
me duele el ser tan poco humano.


I
Llegaron con su mensaje de amor y justicia.
Hablaban del reino de los desheredados,
de la resurrección y la vida;
de un nuevo rey y el reino prometido,
sus palabras caían en oídos receptivos.
¡¡Cristianos subversivos!!

II
Allá en palacio, el gordo rey,
rodeado de ventrudos generales,
sifilíticos nobles y nobles prostitutas,
temblaba...
Su reino y corona, podían ser arrancados
con su cabeza.

III
Los ríos crecían amenazando arrasarlo todo.
El miedo hizo surgir la orden ¡¡Matad al nazareno!!

IV
Getsemaní y la última cena.
Los doce y Jesús.
La guardia rodea el huerto, coge el fruto de María.
El gallo cantó tres veces.
Murió de amor el hijo del obrero.

V
Por cientos eran llevados al circo,
arrojados a las fieras, para deleite del rey y su corte
que gozaban al ver los cuerpos destrozados
de los que morían por su fe.

VI
Cae la noche.
Cientos entran en las catacumbas
-la clandestinidad-.
El tirano no podrá dormir
pensando en la resurrección y la vida.


Sólo el amor puede agitar banderas,
lanzarnos al viento;
correr contra la historia oficial de los tiranos,
cerrar los puños, blasfemar, gritar verdades.
Sólo la pasión puede guiarnos hacia el triunfo.


Poesía... los paisajes de mi pueblo,
sus quebradas, valles, manantiales,
sus desoladas punas.
Sus turbulentos e impetuosos ríos,
abriéndose paso a través de las montañas,
en ese constante peregrinaje al mar.
Poesía... las calles donde transita
el común, en busca de la vida.
Poesía... mi pueblo en huelga,
protestando por su derecho a vivir;
las barricadas,
los estudiantes con piedras en la mano,
la ira en el pecho, disparando rabias.
El humo de algún vehículo que no respetó el paro.
Poesía...mi pueblo en marcha
hacia el alba nueva.


Era una mañana soleada,
las nubes habían desaparecido
dando paso a un hermoso cielo azul.
El viento, entre todos los ruidos,
traía un rumor de hélices.
No era raro, aviones iban y venían
en absurda guerra.
Podríamos decir que fue hermoso,
podríamos hablar maravillas
de la ciencia y de los hombres
que la hacen posible, pero...
¿Cómo hablar aquella mañana
de la vida y la belleza?
Era un ave gigantesca precipitándose sobre su presa,
depositando un enorme, gigantesco huevo
sobre un nido inmenso y no imaginario.
La luz cegó todo...vidas, vidas, vidas.
Que era necesario, que fue...por lo que fuera;
aún nos ciega el luminoso hongo de agosto.


A Jovaldo
Pequeño zorzal, poeta de pueblo y tierra,
hoja tras hoja humanizando al hombre.
Letra a letra, palabra por palabra
devolviéndonos la voz.
Empuñaste los versos en busca de la aurora,
y una mañana desgarraron tus carnes
y al viento regaron tus escritos.
No saben poeta que no se matan los sueños,
y que el amor no muere a balas.


Nuestras manos se buscan, bebemos de nuestros labios
y de las calles nuestras brotan niños harapientos.
Eso que llamamos miseria,
se interna muy dentro y nos desgarra.
No hemos matado y la sangre en nuestras conciencias.
Nuestros cuerpos, nuestras ansias,
caballos desbocados en busca del amor.
Nos acompañan la noche, los viejos olivos,
también las penas y esta ya vieja tristeza.
Nuestros cuerpos, nuestras ansias;
aún caminas en mis sueños,
y sé que nos es tiempo de amor, tiempo de rosas.
Tiempo de rosas será...cuando la alegría,
vestida de niño, camine por nuestras calles,
cuando nuestra tierra no esté regada en sangre,
cuando de nuestro jardín la mala hierba sea arrancada
y, en él, puedan crecer nuestras mejores flores.

Confesiones


Tu sombra habita en mí, puebla mis noches,
me aferró a ella... y es más intenso el dolor
.


Escribo triste,
mis alegrías están ausentes lejanas.
Mi vida... copa llena de dolor, bebo insaciable;
gota a gota, trago a trago.
Amargo licor en ágape dolido.
Bebo, no deseo y la copa siempre en mis manos,
trato de vaciarla y siempre llena,
borracho de dolor y nunca acabo.


Bebe en mi corazón, paloma, sacia tu sed,
calma tu hambre, toma mi pan.
Coge mi amor paloma,
son tus alas emprende vuelo.
Cuando, cansada de volar, te poses en otros lares,
recuerda que... bebiste en mi corazón,
te di mi pan y de mi amor nacieron tus alas.
Te di todo paloma lo demás... no me pertenece.


Volverás, cuando vuelvan las rosas y retorne la calma.
Por el camino de rosas y rojos claveles,
que recogerán tu pisada, tornará la alegría.
Brillarás Illarec Chaska y la blanca luna,
despertará para verte.


¿Qué se hizo del amor?
Hermoso navío que cobijó nuestras vidas.
¿Qué del puerto que divisamos juntos?
Amor... paloma de alas heridas
volando hacia el horizonte.
Sueños que tanto duelen.


¿En qué labios depositarás tu dulce néctar,
en qué brazos reposará tu cuerpo
después de los rigores del amor?
Sueños inconclusos.
¿En qué cuerpos ocultaré mi cuerpo,
qué brazos me brindarán abrigo;
en qué senos ocultaré mi rostro
y sollozando quedo te evocaré plena?


Esperarte aquella anoche
fue esperar el tiempo que no llega,
el bus que pasa y nunca se detiene.
Las campanadas marcan horas inexistentes,
y la noche, nos cubre de inquietudes
que el humo del tabaco no calma.
El cigarrillo de las 7.30 se consume,
y sigo en este paradero, para mí, inservible.
No hay lluvia ni recuerdos
sólo la noche, el paradero y mi soledad.


Te amé y aún te amara
si existiese una rosa en nuestras vidas,
sólo pétalos secos y rituales repetidos,
insensatos, en busca de amor bebiendo olvidos


Hoy las rosas y nuestros sueños,
no tienen mayor valor que esas cartas amarillas,
que siempre hablan de amores idos.
Sin embargo aún esperamos el tiempo de rosas,
aún sentimos cierto estremecimiento,
cuando este débil otoño limeño
hace caer las hojas que suenan
con ecos de amores y sueños vencidos.


Ya no son míos tus besos, tus caricias,
ya no habrá noches de amor.
Es la soledad que llega.