jueves, 22 de mayo de 2008

La tierra del sol


Perdí tu amor, cuando más te amaba,
y me perdí con él.


Tierra poblada de gigantes de raíces sedentarias,
que me ofrecieron sus frutos y su sombra.
Tierra donde forjé sueños
que quedaron a la sombra de tus árboles.
Sol y arena, que abrazan la piel y los sentidos.


El recuerdo me llevó a esa tierra de arena y algarrobos,
de gente cálida y verano sofocante,
en la cual dejé un ángel y mi llanto,
y me traje el dejo y la tristeza.
Amo la tierra del sol y los vientos de las cinco de la tarde
que, más que refrescarme, me envolvían
con el polvo que levantaban por la extensa avenida
poblada de viejos, hermosos algarrobos.
Cómo no amar la tierra en la cual enterré el amor
y la pequeña infancia,
donde recibí la solidaridad de los de siempre,
en esos momentos, ya lejanos, de dolor.
Nunca la noche fue más oscura,
más dolidas las calles ni más triste la tristeza,
mientras cruzaba de Castilla a Piura
a través del Sánchez Cerro.
“No puede verla, consiga estas inyecciones”
me dijo la enfermera, con esa voz de quien se siente
dueña de la angustia y el pesar de los dolientes.
Cerradas las farmacias, cerrada la noche
y el dolor abriéndose paso entre nosotros.
Un... Dios lo ha querido, pretendía ser el bálsamo
para la temprana ausencia.
Pero... qué saben los dioses del dolor y la partida,
qué del llanto y los ausentes, qué de nosotros los mortales?


Andando por la Grau, camino al San Teodoro,
dejando a mi espalda “la urba”,
la pequeña Italia, como a ella le gustaba llamarla,
pisaba la sombra de aquellos gigantes
sembrados a lo largo de la avenida.
A pie hasta el centro, el bolsillo está seco como el clima.
¿Qué le diré al llegar?
“¿qué haces cuando vas?” me preguntó una vez, Lilita.
Nada, le respondí, sólo hablarle.
Y así, día a día, siempre transeúnte,
emprendía el mismo camino esperando que nunca se fuera.


He partido, es octubre, un poco o bastante,
depende cómo lo miremos, después de lo acordado.
Recuerdo tu rostro, a través de la ventana
del ómnibus que me regresaba a esta Lima gris y húmeda,
y esas lágrimas que asomaban a tus ojos,
me recuerdo tratando de ser duro, indiferente.
He partido físicamente, pues yo partí cuando
la estrella del amanecer dejó de asomar
en nuestras vidas.
Sólo tiempo después supe que fue una estrella fugaz,
y que nunca más volverían a asomar
su pálido rostro y su oscura cabellera.
Es su ausencia y la tuya la que marcaron estos trece años,
y aún me pregunto ¿A dónde fue tanto amor?


Es cierto que vagué por caminos
de desesperación y escepticismo,
que naufragué de brazo en brazo
y encallé en muchos cuerpos;
preso del dolor, buscando olvidos.
Hoy, sé que eres el fantasma
que perseguí en otros brazos,
que los otros cuerpos
fueron sombras de tu cuerpo,
y que tu ausencia marcó estos años.
Sé lo mucho que te amé y sé que es tarde
Para soñar con esas puestas de sol, para soñar contigo.

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